Tomar la palabra o la filosofía dinámica [Marina Garcés en #Avivament2018] | VP-2018-06

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Marina Garcés reinvidica la nueva ilustración radical, crítica y emancipadora frente al solucionismo pedagógico del objeto omnipotente.

Marina Garcés (Barcelona, 1973) fue la encargada de pronunciar la ponencia inaugural de la II edición de Avivament, Festival de Filosofía de València, a partir de su Libro “Nueva ilustración radical”, editado en los nuevos cuadernos anagrama en versión bilingüe, cuarta edición. Garcés también se dirigió a un centenar de niños de educación secundaria en la Biblioteca San Miguel de Los Reyes, donde presentó su libro “Fora de classe”.

Un aforo lleno a rebosar,—la filosofía está de moda, dijo— más allá del número de sillas disponibles, mostraba el interés, quizá el vértigo o la curiosidad frente a la extrañeza de los tiempos que vivimos, en busca de respuestas. “Ver esta sala llena me da un motivo de confianza, cuando uno se arriesga a abrir espacios más allá de lo que acostumbramos a legitimar como espacios para el conocimiento y el pensamiento. Cuando transitamos por los márgenes y abrimos lugares inesperados, se llena de gente”, dijo. 

La acompañaban el director del festival, Francesc Bononad, que recordaba a Anacleto Ferrer, Antonio Campillo y Ángel Vallejo como los creadores del certamen organizado desde la Asociación València Pensa y la Librería Ramon Llull, el año 2017, este año con colaboradores como el MuVIM, Alfons el Magnànim y el Ajuntament de València. Bononad expuso la feliz idea del origen de la convocatoria de Avivament, que recoge en un mismo sintagma las palabras filosofía y fiesta. Para Marina Garcés, una combinación que se convierte en un adverbio. Como un amuleto, una palabra mágica que convoca la materia prima que somos como fuerzas benefactoras de nosotros mismos. “Un adverbio que tiene que ver con la manera en cómo nos pensamos y hacemos las cosas, mientras los sustantivos nos dicen el qué de nuestras verdades e identidades”.

“Las estaciones calurosas también son un lugar para el pensamiento”, decía Bononad. También la acompañaba el jefe de producción y difusión del MuVIM, Marc Borrás, quien recordaba que la filosofía “nacía, en Grecia, pegada a la realidad y los problemas cotidianos y bien candentes de los ciudadanos de la polis”. Incluso recordó que “la filosofía era, en palabras de Luciano Canfora, una profesión peligrosa. Que podía costar el exilio, como en el caso de Aristóteles y tantos otros. O la muerte en caso de Sócrates”.

Combatir la credulidad

Fuera bromas, pues. Filosofía como “instrumento de acción colectiva, concernida, implicada y directamente imbricada en la vida práctica de los individuos socialmente e históricamente condicionados”. Frente a esa realidad, Garcés postulaba la necesidad de una nueva ilustración radical en un tiempo que ella llama ya no moderno ni posmoderno, sino póstumo. Una tarea dedicada a combatir la credulidad y sus correlativos efectos de dominación, a través de conceptos como la crítica, la emancipación, fuera de los patrones estándard y con Diderot como inspirador transformador. Una ilustración radical contra el solucionismo y la pedagogía dominante de la necesidad de instrucciones, en un tiempo donde la urgencia no es la de la prisa sino la del compromiso reflexionando, de paso, contra la destrucción de nuestros tiempos de vida. Una ilustración radical de acción transformadora, con la buena noticia de la rendición antropológica que haga desconfiar del objeto omnipotente pero con un sentido de crítica entendido no sólo como práctica de la sospecha sino como la capacidad de generar confianza a la hora de relacionarnos con lo que no sabemos.

Emancipación, y en contra del solucionismo totalitario, que definía como esa mirada sobre el mundo que sólo valida, activa y se relaciona con aquellos problemas para los cuáles ya prevé una solución. Emancipación como sentido único del sentido crítico. Descartes, Hobbes, Locke, y sobre todo Spinoza, siglo XVII, sentaban las bases filosóficas de la lucha para evitar que los hombres “lucharan por su esclavitud como si se tratara de su libertad”, explicaba Borrás. Dicho de otro modo. “Un combate contra las instancias políticas que aprovechaban y alimentaban la credulidad de la gente para mantener en pie su dominio social y político”. De ahí que Garcés, 300 años después, mantenga en pie la filosofía de combate con un trabajo de divulgación basado en la necesidad de incidir en lo común como camino a desarrollar, en busca de nuevos formatos y formas de relacionarse con el pensamiento y entre nosotros mismos, en busca de una vida digna que pueda ser compartida de muchas maneras no indignas, ni serviles ni precarizadas.

Un trabajo riguroso y de reflexión que quiere frenar la angustia social en unos tiempos en los que hay quien detecta un crecimiento del deseo del autoritarismo en el ámbito público, despotismo, violencia, tiempos de insostenibilidad. Si la sociedad se enfrenta a un endurecimiento de las condiciones materiales de vida, económicas y medioambientales, Garcés llama al individuo a decir: “no os creemos. Vamos a confiar en nosotros mismos, pues sería una utopía perfecta ser humanos estúpidos en un mundo inteligente”. “La filosofía puede ayudar a modificar las cosas a través de la herramienta de la crítica”, señalaba Garcés. Crítica que examina para atravesar, “no para quedarse al margen en la torre haciendo de analistas”. En su ideario está una revolución del cuidado en un mundo donde se reactivan los dogmatismos religiosos, políticos, étnicos con discursos apocalípticos que cancelan la relación con el futuro.

Para Marina Garcés, “el problema más claro e hiriente de nuestros tiempos es que nos han desconectado de lo que podemos vivir y pensar. Alimentar las desconfianzas es alimentar el miedo”,dijo. La idea que defiende es conectar con la experiencia vivida. “Atentos a los discursos oficiales de los distintos poderes que construyen el relato y los canales desde los cuáles explicamos la crisis económica de tipo sistémico”, decía. 

Garcés habló de la crisis civilizatoria, que se nos presenta como amenaza bajo la forma de un abismo. Y se detuvo a analizar la palabra crisis, de la familia de criterio, la crítica, la cribada, el discriminar… “Buscamos respuestas rápidas y salvadoras, parece que la experiencia que tenemos sea irrelevante”, un argumento que la llevaba a defender la necesidad de la educación básica, “la más importante, a la que le tengo más respeto y que desarrollan muchas mujeres”.

¿Cuál es el efecto de convertir en irrelevante un oficio que es generación de vida colectiva?”, se preguntaba. El argumento le servía para recordar el trinquet, el juego en la calle de la pilota valenciana, envejecido, folklorizante; “la experiencia compartida de viejos a merced de la turistificación, un reducto de autenticidad que se vende muy bien”. Es lo que llamaba “las caras de la irrelevancia, cuando te turistifican, se marginaliza”. 

El analfabetismo ilustrado: “sabemos mucho y podemos muy poco”.

Marina Garcés también se refirió al analfabetismo ilustrado, en relación con la gente “que sabe mucho y es inculta, no en el sentido de no saber quién es Proust, sino en no saber conectar sus saberes con la vida, cuando vida y saber se relacionan y toman sentidos”. “Sabemos mucho y podemos muy poco—decía. Tenemos muchas ciencias y mucha impotencia, y esta separación entre lo que podemos hacer, pensar y vivir tiene traducciones laborales, económicas, culturales, de salud y de salud mental”. Garcés reclamaba poder transformar el mundo con nuestras experiencias y a no dejar de sentirnos especiales como seres humanos, dicho en relación con la idea del alma.

“No tengo respuestas, sólo preguntas que podemos recorrer juntos”, decía. Y aludía a Foucault: El poder se nos impone no sólo por su capacidad de reprimir e imponerse. Y a Averroes, que lo explica en el Tratado de servidumbre voluntaria: “El poder del uno, del soberano, sea rey, institución, marca corporativa, aquello que ha de venir a ejercer el poder de nuestra vida, se sostiene sobre el deseo que le prestamos”. Para Garcés, “en tiempos de crisis es fácil que nuestra impotencia se traduzca no sólo en un deseo de dominio, sino de servitud”. También se rerifió al filósofo indio Dipesh Chakrabarty para responder a la pregunta de “cómo transformamos el sentido que le hemos dado a la libertad de una vida mas digna sin caer en la trampa del austericidio”.

Y un apunte final: “No hay dignidad mientras implique el trato indigno de otro”. Pensar en las formas de repensarnos. En Avivament. | VP-2018-06